Blog
No somos las arquitectas del sistema, pero lo mantenemos vivo
El mundo avanza empujado por la ambición: de poder, de control, de acumulación. A veces sin una mala intención individual clara; otras, con decisiones plenamente conscientes que asumen el daño como coste. Casi siempre con consecuencias devastadoras. Países convertidos en recursos, territorios tratados como botín, vidas humanas reducidas a cifras. Y nosotras, sin quererlo, y a veces sin querer saberlo, formamos parte de esa lógica
La ambición no suele presentarse como violencia directa. Se disfraza de progreso, de necesidad, de sentido común. Nos dice que crecer es inevitable, que competir es natural, que explotar es la única forma de sostener la vida. Así, la ambición deja de parecer una elección y se convierte en el aire que respiramos.
Ahí aparece la trampa: no somos las arquitectas del sistema, pero lo mantenemos vivo. Con cada gesto cotidiano, con cada renuncia que no hacemos, con cada privilegio que aceptamos como normal. No por maldad, sino por confusión: por cansancio, por miedo, por ese “amor” que a veces se parece más al apego o a la comodidad que al cuidado.
Nuestros conflictos no son teóricos. Viven en la distancia entre lo que creemos y lo que hacemos. Sabemos más de lo que practicamos. Intuimos renuncias posibles, pequeñas y reales, y aun así muchas veces apagamos el interruptor de la conciencia.
No porque seamos incoherentes sin remedio, sino porque somos humanas. El cansancio pesa. El miedo aprieta. Y la gratificación inmediata, tan bien diseñada y tan accesible, suele ganar la partida. Elegimos lo que alivia ahora, aunque sepamos que sostiene algo que nos debilita.
Esta deriva que estamos tomando no se sostiene sólo por la ambición de unos pocos, sino por esta fragilidad compartida: querer hacerlo mejor y no siempre poder. Reconocerlo quizá sea más honesto que fingir una coherencia impecable.
Criar en este contexto es un ejercicio constante de equilibrio. Queremos hijas felices, seguras, con futuro. Y al mismo tiempo no queremos volverlas ciegas. No queremos que confundan bienestar con indiferencia, éxito con valor, estabilidad con derecho natural.
¿Qué podemos hacer entonces, desde un lugar tan pequeño?
Quizá no se trate de grandes renuncias ni de gestos heroicos. Quizá empiece por algo más discreto y más difícil: creernos capaces de elegir. Elegir a veces distinto y experimentar lo que esas decisiones nos devuelven. No naturalizarlo todo. Nombrar la injusticia sin convertirla en espectáculo. Usar los privilegios sin creer que nos pertenecen. Aprender a mirar, no obedecer. Practicar un cuidado que nos devuelva criterio.
No escribo esto como una respuesta cerrada. Son reflexiones que me hago para orientarme mientras todo sigue en marcha.
No vamos a desmontar la máquina.
Pero podemos no confundirla con la vida.
La conciencia no es un estado permanente.
Es un acto intermitente. Volver a encender la luz. Fallar. Ajustar. No exigirnos pureza, pero tampoco entregarnos a la anestesia.
Vivir despiertas cansa.
Muchas veces elegimos dormir.